jueves, 14 de noviembre de 2013

Cuando crees que eres independiente y es mentira.

Nunca he sido demasiado fan de los textos de autoayuda emocional, pero esta mañana he tenido una práctica de Neurofisiología que me ha hecho pensar en cómo nos influye todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Y es que a menudo nos movemos por el mundo pensando que somos personas autosuficientes e independientes, cuando en realidad no somos sino el resultado de todo lo que precisamente no depende de nosotros.
El mecanismo de retroalimentación nos controla continuamente.
¿Retroalimentación? ¿De qué estoy hablando? En sentido científico, se define la retroalimentación o feedback como un proceso que se autorregula por uno de sus productos finales. En un sentido menos estricto y aplicado a lo cotidiano (el que nos interesa en este caso), podemos entender por retroalimentación aquellos estímulos internos o externos que llegan a nuestro sistema nervioso y que regulan una respuesta, direccionándola en un determinado sentido u otro. Nuestra vida diaria está repleta de estímulos de todo tipo, que sin que apenas seamos conscientes de ello, condicionan prácticamente todas nuestras acciones y pensamientos. Esto puede parecer complicado de entender, pero para demostraros lo absurdamente sencillo que es, pongamos un ejemplo del día a día.
Pensemos en una de esas mañanas estelares en las que te despiertas de buen humor y decides ponerte guapo para ir a clase o al trabajo. Y cuando llegas, algún compañero te dice: “qué guapo te veo hoy!”. Y resulta que gracias a esas 5 míseras palabras, te pasas el resto del día paseándote con el ego por las nubes. También puede ocurrir al revés. Puede ocurrir que esa noche hayas dormido mal y te hayas levantado con unas ojeras que te llegan hasta el suelo, y que algún iluminado, sin ninguna intención de fastidiarte el día, haya tenido la ocurrencia de hacer el comentario de “¡Qué mala cara tienes! ¿Estás bien?” Y sí, a lo mejor estabas bien hasta ese momento, pero automáticamente dejas de estarlo, porque empiezas a autosugestionarte y a sobrepensar, hasta el punto de que cuando te miras al espejo dices: ¡Madre mía, he salido de casa con esta cara! ¡Qué horror! Probablemente tu aspecto no sea tan distinto al que tenías en el caso anterior, pero la frase que ha soltado tu compañero ha sido suficiente como para que pases el resto de la mañana mirando al suelo y deseando llegar a tu casa, no vaya a ser que nadie que tenga la mala suerte de ver tu cara ese día piense que te ha dejado tu novio (por poner un ejemplo dramático). Lo cierto es, que probablemente a la gente no le interese demasiado tu vida, es más, es probable que pocas personas hayan tenido tiempo de reparar en tus terribles ojeras, o es probable que te hayan dicho lo guapo que estabas porque les parecía más original que hacer el mítico comentario matutino sobre el tiempo.
Podríamos imaginar otras muchísimas situaciones en las que sucede algo similar, incluso extrapolando a otros ámbitos distintos al de la psicología emocional. Podríamos aplicar este mecanismo hasta para explicar cómo los medios de comunicación consiguen meternos determinadas ideas en la cabeza, llegando a condicionar nuestras ideologías y haciendo que las consideremos como propias cuando en realidad no son más que el fruto de un sutil lavado de cerebro. La cuestión es que, lo queramos o no, estímulos exógenos sumamente insignificantes pueden llegar a determinar completamente nuestro estado de ánimo, nuestras relaciones con las personas, la atención que ponemos al realizar cualquier tarea… En definitiva, todo. Y llegados a este punto, cabría preguntarse si es posible deshacerse de estas influencias externas, si podemos llegar a ser inmunes a los feedback que nos afectan negativamente. Probablemente sea imposible llegar a un nivel total de autocontrol, ya que vivimos en un escenario en el cual la interacción con el ambiente resulta completamente necesaria, pero quizás sí que podríamos filtrar determinados condicionamientos impuestos por lo que nos rodea. Cómo? La clave está en intentar ser plenamente consciente del momento en el cual está ocurriendo el mecanismo de retroalimentación. Una vez identificado el proceso, puede resultar fácil contrarrestar un efecto negativo haciendo surgir a propósito otra idea propia que lo neutralice, o que al menos, nos haga valorar si el estímulo externo tiene realmente el peso que se le otorga como consecuencia de la sociedad en la que vivimos, y si es realmente importante como para permitir que nos condicione. En base a esto, ser realmente independiente debería consistir en realizar un proceso de introspección cada vez que interactuamos con el medio. Entonces… ¿Somos realmente independientes, o es una ilusión y un concepto irreal e inventado en un contexto de impotencia individual frente a un panorama social inevitable?