lunes, 16 de diciembre de 2013

La difícil tarea de quedar como un apolo en una red social.

Esta tarde, entre folio y folio de mis interminables apuntes de pediatría, una amiga me ha pasado el link de una red social nueva. Hazte una cuenta, me ha dicho. Por lo visto molaba. Y como no tenía nada mejor que hacer mientras me merendaba mi Cola-Cao, pues he hecho caso a mi amiga. Pensándolo bien, ya era hora de registrarse en otra red social. Porque uno nunca está registrado en suficientes, y cualquier momento es bueno para seguir dando nuestro nombre y edad a diestro y siniestro, y para perder el tiempo compartiendo nuestros intereses y aficiones con gente a la que probablemente no le interesa un pito. Por qué no?

Una de las cosas más divertidas de las redes sociales es ese punto en el cual tienes que completar tu perfil con información sobre tus gustos y hobbies. Si hay algún momento en el que puedes permitirte inflar tu ego, este es ese momento. No hay nada mejor que sentirte como un profeta mientras elaboras una cuidada selección de tus películas favoritas, tus grupos favoritos, tus libros favoritos, tus series favoritas, tus marcas de papel higiénico favoritas. Pero ojo, que la cosa es más complicada de lo que parece.

Vamos con las películas favoritas. Si tu película preferida es Titanic de todas todas, lo tienes fácil. La pones en el Top 1 y quedas como un rey. Es más, no hace falta que sigas. Eso ya lo dice casi todo sobre ti. El problema viene cuando has visto unas cuantas películas más, cuando muchas de ellas te han gustado, y te duele tener que elegir solo cinco. No es justo. Entonces piensas cómo lidiar con la situación, y ante ti visualizas, más o menos, unas dos opciones:

La primera de ellas, decantarte por las pelis más actuales que hayas visto y que puedas considerar merecedoras de mención. Te dejas muchas fuera, pero siempre podrás actualizarlas. Claro que entonces es posible que el 80% de los visitantes de tu perfil no conozcan muchas de tus elecciones. Pensarán que eres un friki. Que has pasado la barrera de lo underground y has cruzado al terreno de lo antisocial. Que no sales de casa y te dedicas a buscar pelis raras cubierto con una sábana de franela en tu guarida nerd. Mejor no.

Siguiente opción: Poner clásicos que la gente pueda reconocer fácilmente, de esos que verías una y otra vez. Quizás esta sea la mejor elección de cara al público. O no. Porque, veamos qué pasa si plantas Pulp Fiction en tu top. Eres un mainstream. Un hipster. Vas de guay. No tienes personalidad. Te crees especial. Puede ser. Ok. Es maravilloso, porque en realidad lo único que ocurre es que a algunas personas les toca las narices que su peli favorita no sea solo suya. Y es que cuando algo le gusta a demasiada gente, la esencia indie se pierde en el abismo. De ahí los orígenes del término mainstream, esa palabra de la cual todo gafapasta (oh wait, que esa palabra ya no se dice) alternativo huye y reniega, sin darse cuenta de que está sumido en ella hasta las trancas. 

Al final uno no sabe qué hacer. Qué difícil es hacer amigos en Internet, copón. Así que he empezado por las películas, y ahí me he quedado. A tomar por saco, me voy a seguir estudiando diarreas infantiles. Desactivar mi cuenta. 

Siempre nos quedará el Facebook.

Feliz Navidad.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Cuando crees que eres independiente y es mentira.

Nunca he sido demasiado fan de los textos de autoayuda emocional, pero esta mañana he tenido una práctica de Neurofisiología que me ha hecho pensar en cómo nos influye todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Y es que a menudo nos movemos por el mundo pensando que somos personas autosuficientes e independientes, cuando en realidad no somos sino el resultado de todo lo que precisamente no depende de nosotros.
El mecanismo de retroalimentación nos controla continuamente.
¿Retroalimentación? ¿De qué estoy hablando? En sentido científico, se define la retroalimentación o feedback como un proceso que se autorregula por uno de sus productos finales. En un sentido menos estricto y aplicado a lo cotidiano (el que nos interesa en este caso), podemos entender por retroalimentación aquellos estímulos internos o externos que llegan a nuestro sistema nervioso y que regulan una respuesta, direccionándola en un determinado sentido u otro. Nuestra vida diaria está repleta de estímulos de todo tipo, que sin que apenas seamos conscientes de ello, condicionan prácticamente todas nuestras acciones y pensamientos. Esto puede parecer complicado de entender, pero para demostraros lo absurdamente sencillo que es, pongamos un ejemplo del día a día.
Pensemos en una de esas mañanas estelares en las que te despiertas de buen humor y decides ponerte guapo para ir a clase o al trabajo. Y cuando llegas, algún compañero te dice: “qué guapo te veo hoy!”. Y resulta que gracias a esas 5 míseras palabras, te pasas el resto del día paseándote con el ego por las nubes. También puede ocurrir al revés. Puede ocurrir que esa noche hayas dormido mal y te hayas levantado con unas ojeras que te llegan hasta el suelo, y que algún iluminado, sin ninguna intención de fastidiarte el día, haya tenido la ocurrencia de hacer el comentario de “¡Qué mala cara tienes! ¿Estás bien?” Y sí, a lo mejor estabas bien hasta ese momento, pero automáticamente dejas de estarlo, porque empiezas a autosugestionarte y a sobrepensar, hasta el punto de que cuando te miras al espejo dices: ¡Madre mía, he salido de casa con esta cara! ¡Qué horror! Probablemente tu aspecto no sea tan distinto al que tenías en el caso anterior, pero la frase que ha soltado tu compañero ha sido suficiente como para que pases el resto de la mañana mirando al suelo y deseando llegar a tu casa, no vaya a ser que nadie que tenga la mala suerte de ver tu cara ese día piense que te ha dejado tu novio (por poner un ejemplo dramático). Lo cierto es, que probablemente a la gente no le interese demasiado tu vida, es más, es probable que pocas personas hayan tenido tiempo de reparar en tus terribles ojeras, o es probable que te hayan dicho lo guapo que estabas porque les parecía más original que hacer el mítico comentario matutino sobre el tiempo.
Podríamos imaginar otras muchísimas situaciones en las que sucede algo similar, incluso extrapolando a otros ámbitos distintos al de la psicología emocional. Podríamos aplicar este mecanismo hasta para explicar cómo los medios de comunicación consiguen meternos determinadas ideas en la cabeza, llegando a condicionar nuestras ideologías y haciendo que las consideremos como propias cuando en realidad no son más que el fruto de un sutil lavado de cerebro. La cuestión es que, lo queramos o no, estímulos exógenos sumamente insignificantes pueden llegar a determinar completamente nuestro estado de ánimo, nuestras relaciones con las personas, la atención que ponemos al realizar cualquier tarea… En definitiva, todo. Y llegados a este punto, cabría preguntarse si es posible deshacerse de estas influencias externas, si podemos llegar a ser inmunes a los feedback que nos afectan negativamente. Probablemente sea imposible llegar a un nivel total de autocontrol, ya que vivimos en un escenario en el cual la interacción con el ambiente resulta completamente necesaria, pero quizás sí que podríamos filtrar determinados condicionamientos impuestos por lo que nos rodea. Cómo? La clave está en intentar ser plenamente consciente del momento en el cual está ocurriendo el mecanismo de retroalimentación. Una vez identificado el proceso, puede resultar fácil contrarrestar un efecto negativo haciendo surgir a propósito otra idea propia que lo neutralice, o que al menos, nos haga valorar si el estímulo externo tiene realmente el peso que se le otorga como consecuencia de la sociedad en la que vivimos, y si es realmente importante como para permitir que nos condicione. En base a esto, ser realmente independiente debería consistir en realizar un proceso de introspección cada vez que interactuamos con el medio. Entonces… ¿Somos realmente independientes, o es una ilusión y un concepto irreal e inventado en un contexto de impotencia individual frente a un panorama social inevitable?

lunes, 21 de octubre de 2013

Enhorabuena, lo has vuelto a hacer

Cada vez que metes la pata, acabas más convencido de que tu nivel de retraso mental no tiene remedio. Lo has vuelto a hacer, eres un campeón. Pero ya está, no pasa nada, solo hay que aceptarlo para que no duela la próxima vez. Eso es lo que te dices a ti mismo. Y durante un período de tiempo te dedicas a intentarlo, te propones no repetir los mismos errores. Finalmente incluso llegas a creerte tu propia mentira, acabas por pensar que esta vez has madurado de verdad. Hasta que un día, zas. Vuelves a caer, como si hubieras borrado de tu memoria qué fue aquello que hiciste mal la vez anterior.
Tropezar una y otra vez con la misma piedra, esa es la clave de la estupidez humana.
Es como si el mismo error te persiguiera continuamente, haciéndote un guiño sarcástico a su paso. Al final, acabas llegando a la conclusión de que nunca podrás cambiar para ser la persona que quieres ser, porque si tienes una tara la tendrás siempre y solo podrás esconderla o maquillarla eventualmente. Vives sabiendo que volverás a arrepentirte inevitablemente. Da un poco de miedo.

sábado, 11 de mayo de 2013

Petardeo gratuito sobre el hamor


Voy a contaros algo increíble sobre mi vida sentimental: Se me da extraordinariamente bien mandar todas mis relaciones a la mierda, lo cual es algo irónico porque, en realidad, nunca jamás he tenido una relación. (OH DIOS MÍO NO PUEDE SER CIERTO – lo es –). Así que supongo que sería más correcto decir que se me da extraordinariamente bien espantar a mis potenciales novios incluso antes de que lleguen a adquirir tal denominación. Eso es algo maravilloso, no creéis? No es broma ni ironía, de verdad os lo digo que es maravilloso ser como yo. O sea, yo en realidad me he pasado media vida esperando que llegue mi amor verdadero, un amor que será para siempre blablablabla. Evidentemente no lo he encontrado, ni siquiera algo que se le parezca lo más mínimo, ya que la relación oficial más larga que he tenido duró exactamente dos semanas (lo sé, yo también estoy orgullosa de mí). Antes de seguir con mis filosofamientos, necesito hacer un pequeño preámbulo para que entendáis mejor lo que quiero decir. Así que ahora viene cuando me pongo a analizar al ser humano y tras una abrumadora reflexión llego a la ilustrada conclusión a la que tantas cabezas inteligentes han llegado ya antes que yo: EN ESTE MUNDO SOLO EXISTEN DOS CLASES DE PERSONAS.

  1. Discapacitados amorosos. Seeeeeh, me estoy refiriendo a los campeones como yo, a ese tipo de gente que es tan inconformista, tan insoportablemente guay, o simplemente tan insoportable, que es imposible que puedan llegar a estar con una persona durante más de dos telediarios. También cabe contemplar en este grupo los sufridores por excelencia en el mundo del amor, aquellos que, no importa cuántas veces se enamoren de alguien distinto: jamás serán correspondidos.
  2. Los que cambian de novio más que de bragas. Inexplicablemente, esta clase de personas abunda mucho más que la anterior, lo cual es un hecho que me alarma. De verdad que no llego a comprender CÓMO ES POSIBLE que una persona pueda acabar un noviazgo y empezar otro distinto tres días después (o tres días antes, jeje yo no digo ná). Este tipo de personas es bastante más homogéneo que el anterior, y es que la gran mayoría son individuos propensos a mantener relaciones de moderada duración, que tienen la asombrosa capacidad de estar absolutamente convencidos de haber encontrado a su media naranja en todas y cada una de ellas. A mí que alguien me lo explique. Gracias.

Eventualmente, podemos encontrar un tercer tipo de personas: aquel que procede de la evolución de uno de los dos grupos anteriores, y que, efectivamente, son los que por fin, consiguen encontrar a alguien con quien pasar el resto de su vida. Estos son mis favoritos, pero en verdad nadie los ha visto jamás (aparte de en las películas). Son los padres.