lunes, 19 de marzo de 2012

Mañana (Los amantes)


Va de camino al último encuentro,
Y el silencio que halla le arranca el aliento.
Duerme en el suelo el hombre, sin alma.
Hiel en las manos, de acero la mirada.
Y le grita ¡vuelve!
y sus ojos de acero le dicen: mañana.
Es puñal su réplica impasible e inerte,
el idilio ha terminado, así lo presiente.
O tal vez no.
Tal vez ha huido para volver mañana.
Y ella aún anhela que al llegar el alba
se apiade ese espectro, y regrese.
Se derrumba, yace a su lado y duerme.
Y al abrazarlo, ya no siente…
***
Pálida luz susurra en la ventana,
luz que atenúa más que aclara.
Sus manos ruegan por un nuevo aliento,
sus labios pronuncian el último intento:
Sal de ese limbo, ¡vuelve!
Y sus ojos de acero le dicen: mañana.
¿Mañana? ¿cuándo es mañana?
No te engañes, se advierte
jamás verás respuesta en su mirada.
Y ahora sí, hacen al fin su alzamiento,
como perlas que brotan de un azul espejo,
lágrimas de agua,
póstumo regalo sobre piel de plata.
Regalo, pero no despedida, pues volverá
para verle despertar de madrugada.
Volverá...
mañana.

martes, 13 de marzo de 2012

La culpa de todo la tiene Disney


La culpa de todo la tiene Disney. Desde mucho antes de que fuéramos capaces de pensar por nosotros mismos, en aquellos gloriosos tiempos en los que medíamos apenas medio metro, nuestros papás ya nos sentaban en el sofá delante de la tele, metían el VHS en el videocasette, y...



...el efecto era casi inmediato. No fallaba. Lo que venía detrás de esta intro se asemejaba peligrosamente a la hipnosis. Durante la hora y pico siguiente, no despegábamos los ojos de la pantalla. Obviaremos el detalle de lo felices que eran nuestros papás mientras aprovechaban ese bendito intervalo de tiempo para descansar de nuestro inocente petardeo. Porque eso no es lo que me interesa. Desde siempre nos han enseñado que existen los príncipes azules, los animalitos que hablan, y por supuesto, el "y vivieron felices y comieron perdices". Y aunque pronto empezamos a comprender (unos más que otros) que no es oro todo lo que reluce, la verdad es que a día de hoy la mayoría seguimos estando malísimamente educados, y sobreprotegidos. Incluso aquellos que aborrecían Blancanieves y la Bella Durmiente por cursis, incluso aquellos cuya película favorita era El Rey León o Mary Poppins. Pero un momento... ¿es que en El Rey León no había una historia de amor? ¿Y en Mary Poppins? Pues claro que sí. Más o menos explícita, pero la hay, siempre. Los buenos sieeeeempre acaban enamorados y juntitos.

Gracias a esta broma pesada que nos ha gastado Disney en nuestra infancia, muchas personas seguimos pensando que tiene que haber una mala de la película (y que, por supuesto, tiene que ser una mujer), y seguimos aguardando también ese día en que aparecerá un príncipe y nos rescatará de las tinieblas. Quién sabe, a lo mejor a ti te llega ese día... pero que pasara en las películas no quiere decir que sea lo normal. Lo normal es lo que vemos cada día a nuestro alrededor, y que calificamos erróneamente de injusticias. Vemos diariamente personas que han nacido para amarse a sí mismos (también conocido como narcisismo, true story), hay quienes incluso se alimentan gustosamente de la tortura de no ser correspondidos, hay quienes no están hechos para amar más que a la soledad... Y luego estamos los que esperamos a esa persona ideal, perfecta, casi utópica, que en el mejor de los casos aparece, pero que en el caso más frecuente acaba convirtiéndose en una eterna espera. Y mientras tanto, nos dedicamos a rechazar al resto porque "no era Él". Y eso es muy triste. No el hecho de que Él no aparezca, sino el hecho de que sigamos esperándole como idiotas.

No es que sea justo o injusto. Sencillamente, es lo que hay. Podemos aceptarlo, o sentarnos a ver La Bella y La Bestia hasta que el príncipe encantador llame al timbre para regalarnos nuestro happily ever after. Seamos realistas, el happily ever after es una lotería, es muy poco probable que te toque. Pero si en lugar de obcecarte en encontrar un final feliz, te levantas del sofá y sales a buscarte un futuro incierto, puedes encontrar muchas cosas, muchas formas de amar. Hay historias para todos los gustos, que pueden tener muy poco que ver con lo que nos han hecho creer desde que éramos enanos, pero son de verdad, reales, tangibles... y eso es lo único que debe importarnos.

"Maybe the happy ending is just... moving on" 

lunes, 5 de marzo de 2012

Magia


Has practicado tu truco tantas veces, que has olvidado que no es más que eso. Lo has elevado a un nivel tan supremo y fascinante que has acabado por creer que de verdad haces aparecer conejos en chisteras. Y en el fondo sabes que solo hay dos acontecimientos que pueden hacer que aborrezcas tu propia función. El primero ocurre cuando el incrédulo del público se levanta y te acusa de traidor, de mal mago, o se jacta de conocer tu truco. El segundo, cuando algún espectador se va decepcionado, dejando su asiento libre en silencio. Pero entre tanta muchedumbre, es estadísticamente probable que ocurra una de las dos cosas... Y ciertamente, a veces ocurre. No pasa nada. Lo soportas. Pero, qué pasaría si la persona que te abucheara o se levantase fuera precisamente la única persona del público a la que de verdad intentabas sorprender?



El laberinto

No sabía a ciencia cierta en qué momento había llegado a perder la cuenta del tiempo que llevaba en el laberinto… Solo sabía que, así como había perdido la noción de los días o los años, por resignación había olvidado también su búsqueda de la salida y comprendido, tras incontables rodeos, que idear rutas estratégicas no servía en un jardín tortuoso en el que todos los setos eran igual de verdes y altos. 

Desde el difuso momento en el que empezó a escuchar el débil eco de los pasos, que provenía de detrás de alguno de aquellos muros, se dispuso a encontrar a quienquiera que fuese el dueño de aquellas pisadas, pues debía de ser alguien con quien tenía, al menos, una cosa en común: ambos estaban perdidos.

Así, se limitaba a caminar, luchando contra algo extraordinariamente espantoso que ocurría cada vez que doblaba una esquina: divisaba, una vez más, otro pasillo vacío. Y entonces se le echaba encima el abismo de la incertidumbre como una ráfaga de viento gélido que corta la piel… Pero a pesar de todo, intentaba convencerse a sí misma de que el ruido de los pasos al otro lado debía prevalecer sobre el peso de la frustración. No importaba cuántas veces tuviera que descubrir pasillos vacíos, ni cuántas esquinas tuviera que doblar. Seguiría caminando cuanto hiciera falta, en su búsqueda por el laberinto.