viernes, 25 de noviembre de 2011

La imposibilidad de decir "no"...


...y cómo este defecto puede convertirte en tu peor enemigo.

El estrepitoso ring que salió del teléfono interrumpió mi velada solitaria del viernes por la noche. Era una noche fría y lluviosa, la idónea para haberme dispuesto a saludar a mi preciado sillón, que empezaba a sentirse olvidado por culpa de las prisas que me impedían acomodarme en él de lunes a  viernes. Todas las circunstancias parecían indicar que aquella iba a ser la perfecta noche de películas, de libros y de chimenea encendida. Lástima que mi humilde piso no tenga más que un viejo brasero. El caso es, que con chimenea o sin ella, no pretendía moverme de la tranquilidad de mi salón.

Eran ya más de las diez cuando sonó el teléfono. Lo primero que me molestó fue tener que levantarme a por él, con el frío que hacía. Y lo segundo, que estaba seguro de que una llamada un viernes por la noche no podía traer nada bueno, viniera de quien viniese. Así que mi determinación fue la de responder solo si era una llamada importante. Evidentemente, no lo era. En cambio me sorprendió ver quién me estaba llamando. Era Izan, un amigo a quien veía poco el pelo a pesar de que no vivía a más de diez minutos de mi casa. Y le veía poco porque era una de esas personas con las que uno no puede contar indistintamente en cualquier momento, sino que son ellos los que cuentan con uno cuando tienen un hueco, es decir, cuando se aburren a más no poder. A pesar de todo yo le aprecio, así que decidí coger el teléfono e intentar parecer gratamente sorprendido ante su llamada inesperada. Se le escuchaba muy contento de hablar conmigo, decía que si me apetecía salir con él un rato. Pues no, la verdad. Le conté mi plan de quedarme en casa esa noche, que ya tenía el pijama puesto y todo eso. Y me dice “Anda tío, ¡que hace siglos que no te veo! Venga, no seas vago…”. No tardó más de cinco minutos en persuadirme. Colgué el teléfono sonriendo (pero qué majo era este chico) y acto seguido me invadió un terrible mal humor. ¿Por qué había dicho que sí? Mis ganas de salir de casa seguían siendo las mismas que antes: ningunas. Y aun así me había dejado convencer como el niño al que el médico repite que la vacuna no le va a doler... sigue sin creérselo, pero no le queda más remedio que llevarse el pinchazo. Pues cuando colgué el teléfono me sentí igual de indefenso, engañado y estúpido. Estaba muy enfadado con Izan, con todo el mundo, hasta con mi sillón y con mi chimenea (esa que no tengo). Pero la culpa no era de nadie más que mía. Mi maldita incapacidad de decir no me había vuelto a perseguir como perro sin dueño.


Me vestí lo más feo que pude y salí de casa sin paraguas, para terminar de celebrar lo bien que se me daba complacer a la gente, incluso cuando eso conllevaba la traición a mí mismo y un cínico desprecio hacia aquél con quien acababa de quedar tan bien. Así es como era yo, y ya por entonces comenzaba a comprender que nunca podría cambiar, que así sería siempre, por los siglos de los siglos...

domingo, 20 de noviembre de 2011

Because the night belongs to...

Y de nuevo, la noche me ha traído de vuelta a mi guarida. Es cierto, siempre o casi siempre escribo a estas horas... Cuando todos callan, cierran su twitter y se van a dormir, yo abro los ojos y la mente, y las palabras fluyen solas. Supongo que será por la oscuridad, por el silencio, por la sensación de que el tiempo no corre y de estar sola en el mundo mientras el resto sueña.

 Todos tenemos secretos que dejamos fluir cuando nadie nos ve... Algunos nos pondrían los pelos de punta con su voz, si nos cantaran; de otros nos sorprendería su talento con el pincel, otros guardan el don de la palabra en silencio, otros tienen ideas y formas de pensar que levantarían el mundo (si todos las escucháramos y compartiéramos)... Y otros poseerán habilidades que me es imposible imaginar. Talentos que ocultamos y que a veces incluso nosotros mismos desconocemos que tenemos. Tal vez me equivoque o no tenga ni idea, pero a esa creatividad propia del hombre, en todas las formas posibles, me gusta llamarla arte. Por mínima que sea, una pequeña fracción de arte debe de existir en cada uno de nosotros. Pero son pocos los descarados que se atreven a mostrar esa faceta que nos describe y ponerla en un primer plano en sus vidas. Al resto nos asusta, quizás por ver cómo muchos valientes fracasan en el intento, por miedo a estar perdiendo el tiempo con habilidades inútiles, a ser un bicho raro, o a que nos llamen pretenciosos.

Vivimos en una sociedad en la que se intenta, por todos los medios, crear al individuo estándar que tiene conocimientos básicos de historia, sabe multiplicar y dividir y está preparado para hacer su papel en el sistema incorporándose a un mundo laboral sobrio y frío, la mayoría de las veces con la única satisfacción de tener la nevera llena y un par de caprichos mensuales a cambio. Llegado a este punto, casi se considera formalmente que el hombre ha llegado a su plena realización en la vida. Y a mí me cuesta y me duele creer que ese sea el motivo por el que estamos aquí. Toda la vida preparándonos para cotizar, para ser el "hombre perfecto" con la "vida perfecta". Lo que suele ocurrir con frecuencia es que solo cuando ya no estamos es cuando los demás se deciden a descubrir quiénes éramos en realidad. Cuando nos vamos, resulta que todos éramos maravillosos y teníamos un gran talento...

 Mientras sigamos aquí, a mí y a otros muchos nos quedarán esas noches perversas que cavan en nuestra alma y nos desprenden del temor a expresarnos como ser humano... Por supuesto, luego saldrá el sol como de costumbre, y toda esa valentía se desvanecerá. Nos cubriremos con la capa de invisibilidad y fingiremos ser aquella persona que el 99% del mundo que nos rodea cree que somos. Fingiremos ser algo que no existe: fingiremos ser normales...