domingo, 18 de diciembre de 2011

Melona suicida

Vivir para esto... Para estar sucia y llena de tierra en el suelo, esperando a que me secuestre algún niño sinverguenza y me tire en medio de la carretera... Aun así, eso sería lo mejor que me podría pasar. Porque ahora nada tiene sentido. Ojalá, OJALÁ que alguien arrancara ya mis raíces, me partiera en dos y me devorase con un buen trozo de jamón de pata negra. Al menos así me sentiría útil por un momento. Pero no, me tienen olvidada y sola, asada de calor en este huerto, y el único ser humano con el que me relaciono viene y me acaricia de vez en cuando, pero solo lo hace para asegurarse de que aún no estoy madura, y luego me mira con indiferencia y se va a seguir tocando melones. Es terriblemente triste saber que solo voy a servir para algo cuando esté en la flor de la juventud, y que justo entonces, cuando mis rayas bicolor verdes sean las más hermosas del mundo de las frutas y hortalizas, todos me querrán. Todos querrán deleitarse con mi magnífico sabor: repartirán mi carne jugosa entre unos cuantos, y luego deshecharán mi pobre cuerpo roto, vacío y usado. Mientras espero a que llegue mi final, no me queda más remedio que dorarme al sol y charlar sobre estupideces con las falsas de las sandías de al lado, que encima me caen mal (¿pero qué se han creído, que están más buenas que yo?). Si tuviera una revista de esas de cotilleo y un buen cocktail (con mucho alcohol, para olvidar)... Así al menos podría pasar el rato mientras espero a mi terrible destino.

viernes, 25 de noviembre de 2011

La imposibilidad de decir "no"...


...y cómo este defecto puede convertirte en tu peor enemigo.

El estrepitoso ring que salió del teléfono interrumpió mi velada solitaria del viernes por la noche. Era una noche fría y lluviosa, la idónea para haberme dispuesto a saludar a mi preciado sillón, que empezaba a sentirse olvidado por culpa de las prisas que me impedían acomodarme en él de lunes a  viernes. Todas las circunstancias parecían indicar que aquella iba a ser la perfecta noche de películas, de libros y de chimenea encendida. Lástima que mi humilde piso no tenga más que un viejo brasero. El caso es, que con chimenea o sin ella, no pretendía moverme de la tranquilidad de mi salón.

Eran ya más de las diez cuando sonó el teléfono. Lo primero que me molestó fue tener que levantarme a por él, con el frío que hacía. Y lo segundo, que estaba seguro de que una llamada un viernes por la noche no podía traer nada bueno, viniera de quien viniese. Así que mi determinación fue la de responder solo si era una llamada importante. Evidentemente, no lo era. En cambio me sorprendió ver quién me estaba llamando. Era Izan, un amigo a quien veía poco el pelo a pesar de que no vivía a más de diez minutos de mi casa. Y le veía poco porque era una de esas personas con las que uno no puede contar indistintamente en cualquier momento, sino que son ellos los que cuentan con uno cuando tienen un hueco, es decir, cuando se aburren a más no poder. A pesar de todo yo le aprecio, así que decidí coger el teléfono e intentar parecer gratamente sorprendido ante su llamada inesperada. Se le escuchaba muy contento de hablar conmigo, decía que si me apetecía salir con él un rato. Pues no, la verdad. Le conté mi plan de quedarme en casa esa noche, que ya tenía el pijama puesto y todo eso. Y me dice “Anda tío, ¡que hace siglos que no te veo! Venga, no seas vago…”. No tardó más de cinco minutos en persuadirme. Colgué el teléfono sonriendo (pero qué majo era este chico) y acto seguido me invadió un terrible mal humor. ¿Por qué había dicho que sí? Mis ganas de salir de casa seguían siendo las mismas que antes: ningunas. Y aun así me había dejado convencer como el niño al que el médico repite que la vacuna no le va a doler... sigue sin creérselo, pero no le queda más remedio que llevarse el pinchazo. Pues cuando colgué el teléfono me sentí igual de indefenso, engañado y estúpido. Estaba muy enfadado con Izan, con todo el mundo, hasta con mi sillón y con mi chimenea (esa que no tengo). Pero la culpa no era de nadie más que mía. Mi maldita incapacidad de decir no me había vuelto a perseguir como perro sin dueño.


Me vestí lo más feo que pude y salí de casa sin paraguas, para terminar de celebrar lo bien que se me daba complacer a la gente, incluso cuando eso conllevaba la traición a mí mismo y un cínico desprecio hacia aquél con quien acababa de quedar tan bien. Así es como era yo, y ya por entonces comenzaba a comprender que nunca podría cambiar, que así sería siempre, por los siglos de los siglos...

domingo, 20 de noviembre de 2011

Because the night belongs to...

Y de nuevo, la noche me ha traído de vuelta a mi guarida. Es cierto, siempre o casi siempre escribo a estas horas... Cuando todos callan, cierran su twitter y se van a dormir, yo abro los ojos y la mente, y las palabras fluyen solas. Supongo que será por la oscuridad, por el silencio, por la sensación de que el tiempo no corre y de estar sola en el mundo mientras el resto sueña.

 Todos tenemos secretos que dejamos fluir cuando nadie nos ve... Algunos nos pondrían los pelos de punta con su voz, si nos cantaran; de otros nos sorprendería su talento con el pincel, otros guardan el don de la palabra en silencio, otros tienen ideas y formas de pensar que levantarían el mundo (si todos las escucháramos y compartiéramos)... Y otros poseerán habilidades que me es imposible imaginar. Talentos que ocultamos y que a veces incluso nosotros mismos desconocemos que tenemos. Tal vez me equivoque o no tenga ni idea, pero a esa creatividad propia del hombre, en todas las formas posibles, me gusta llamarla arte. Por mínima que sea, una pequeña fracción de arte debe de existir en cada uno de nosotros. Pero son pocos los descarados que se atreven a mostrar esa faceta que nos describe y ponerla en un primer plano en sus vidas. Al resto nos asusta, quizás por ver cómo muchos valientes fracasan en el intento, por miedo a estar perdiendo el tiempo con habilidades inútiles, a ser un bicho raro, o a que nos llamen pretenciosos.

Vivimos en una sociedad en la que se intenta, por todos los medios, crear al individuo estándar que tiene conocimientos básicos de historia, sabe multiplicar y dividir y está preparado para hacer su papel en el sistema incorporándose a un mundo laboral sobrio y frío, la mayoría de las veces con la única satisfacción de tener la nevera llena y un par de caprichos mensuales a cambio. Llegado a este punto, casi se considera formalmente que el hombre ha llegado a su plena realización en la vida. Y a mí me cuesta y me duele creer que ese sea el motivo por el que estamos aquí. Toda la vida preparándonos para cotizar, para ser el "hombre perfecto" con la "vida perfecta". Lo que suele ocurrir con frecuencia es que solo cuando ya no estamos es cuando los demás se deciden a descubrir quiénes éramos en realidad. Cuando nos vamos, resulta que todos éramos maravillosos y teníamos un gran talento...

 Mientras sigamos aquí, a mí y a otros muchos nos quedarán esas noches perversas que cavan en nuestra alma y nos desprenden del temor a expresarnos como ser humano... Por supuesto, luego saldrá el sol como de costumbre, y toda esa valentía se desvanecerá. Nos cubriremos con la capa de invisibilidad y fingiremos ser aquella persona que el 99% del mundo que nos rodea cree que somos. Fingiremos ser algo que no existe: fingiremos ser normales...


lunes, 17 de octubre de 2011

Alguna vez habéis tenido unas ganas terribles de decir algo? Pero no me refiero a un simple deseo de hablar. Estoy hablando de esas veces en las que sentimos la NECESIDAD de dejar escapar por nuestra boca eso que no hemos podido sacarnos de la cabeza de ninguna otra manera. Necesitamos decirlo, y a veces lo hacemos. Sentimos entonces una liberación momentánea, y después, todo se va a la mierda (cosa que sabíamos que ocurriría, pero nos dio igual).

Y lo peor es que somos conscientes de que esta no era la primera, ni será la última vez. Porque aun sabiendo que en ninguna de las ocasiones anteriores el resultado fue el que pretendíamos, y aunque intuimos que todas esas veces hicimos el ridículo, seguiremos cayendo en nuestra propia trampa. Una y otra vez. Volveremos a meter la pata, y seremos nosotros quienes habremos cavado el hoyo en toda su profundidad. Y nos dará igual, hasta el momento en el pie haya tocado fondo. Entonces querremos limpiarnos el barro, pero no podremos, y nos prometeremos a nosotros mismos que esto nunca volverá a pasar.

viernes, 19 de agosto de 2011

Cosas que pensar a las 5 de la mañana

Una de dos, o la vida es demasiado complicada, o es demasiado simple como para afrontar que las cosas pasan como tienen que pasar, sin más... En realidad, nada deja de ser complicado de ninguna manera. Si dejas que ocurran los acontecimientos más o menos a su libre albedrío, ¿te arriesgas a perderte cosas que podrían haber sido si hubieras hecho algo? Digamos que así te arriesgas a perderlo todo por no arriesgar nada. Pero, ¿y si al cambiar, al actuar, te equivocas? Te arriesgas también, a cambiar el rumbo de lo que supuestamente tiene que pasar... ¿Pero qué es lo que tiene que pasar? ¿o es que no tiene que pasar nada?

A veces, en ocasiones contadas, me ha dado la sensación de que las cosas vienen solas en el momento apropiado, y de que ese momento no es otro que ese en que te dejas llevar sin esperar que la vida te de nada a cambio. Justo cuando dejas de plantearte qué hacer y por qué debes hacer esto o lo otro, cuando te limitas a vivir de tus instintos en vez de intentar planearlo todo... Entonces es cuando la vida te hace un regalo, y nunca te paras a preguntarte si te lo mereces o no, porque ahí es cuando ves claramente que el tiempo pone las cosas en su sitio y esa es la única forma de que todo tenga sentido. No es que no haya que actuar para cambiar el rumbo de lo que pasa, claro que hay que actuar! Pero distinguiendo el límite entre la actuación y la manipulación... Porque nos gusta calcularlo todo para que las cosas salgan como queremos.

Aprendamos de una vez que los planes nunca salen bien, que al final cuando más se divierte uno es ese sábado que "va a ser una mierda", que cuando dejamos de buscar el amor es cuando él nos encuentra a nosotros, que tener expectativas casi nunca sirve para nada...

Esto es demasiado fácil de decir y dificilísimo de conseguir porque, en realidad, todos sabemos (¿sabemos?) que somos un poco esclavos de la inteligencia, y que creernos superiores no nos ha traído más que problemas.

Y para terminar quedándome a gusto, voy a meter la pata todavía un poco más: ¿Y ahora qué hago? ¿Hago algo o mejor me callo hasta que pase lo que tenga que pasar (que espero que sea lo que quiero que pase)?

...No tenemos remedio!

lunes, 18 de julio de 2011

Uno más

Nunca he llegado a comprender el por qué de hablar mal de los demás. Todos hablan de su sufrimiento por la traición, de la envidia, de la mala gente... Sí, pero algo no cuadra. Si paras a cualquier persona por la calle y le preguntas "¿Qué es lo que más odias?", estoy casi convencida de que una enorme masa contestaría firmemente: "La hipocresía". La hipocresía, la hipocresía... El gran enemigo, ese mal del que ninguno parecemos pecar, y en cambio está por todas partes. No estará el fallo en pensar que nosotros mismos somos los únicos buenos? No será, que vemos la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el nuestro? Yo lo que creo es que deberíamos estar detrás de un espejo mientras hablamos, por dos razones: Una, para vernos desde fuera y ver que somos un hipócrita más. Y dos, para empezar a observarnos también un poco más por dentro...

lunes, 20 de junio de 2011

Anteponiendo el disfrute al deber, para no variar

Bueno bueno bueno. A retomar proyectos se ha dicho! Tengo esto demasiado abandonado, y he pensado que igual me viene bien escribir un poco para poner ideas en orden en estos interminables días de exámenes. Y tiempo no es que me sobre (el próximo examen está al cer y lo llevo no precisamente bien)... Curiosamente, siempre me entran ganas de hacer cosas cuando no tengo tiempo para hacerlas. Que tengo que hacer un trabajo en dos días? Ah sí, pero fíjate tú que nunca he visto Cadena Perpetua, y ahora me apetece... Y si la veo ahora? (seguro que me queda tiempo para el trabajo, pienso). O como cuando esta tarde dije: "ahí va, si yo tenía un blog, uuuhm...".

La conclusión es que mi interés por descubrir mundo se despierta cuando tengo que retener demasiada actividad en el cerebro... Pero lo que tengo que retener es justo lo que menos me interesa. Y encima voy yo y obedezco a mis apetencias. Así me va! Pero esto durará poco, porque estoy completamente convencida de que, cuando lleguen mis ansiadas vacaciones el 14 de julio y tenga todas las horas del mundo para dedicarme a la vida contemplativa, ese maravilloso despertar de mi mente caerá al vacío... hasta la próxima temporada de estrés!