miércoles, 26 de octubre de 2016

Las historias que no me pudiste contar

Si todas las historias
que no me pudiste contar,
las soñara cuando duermo,
y si fueran de verdad…

menos terrible sería
descubrir al despertar,
que eras tú, y no yo
el que dormía,

y que ya no volverás.

Se quedan aquí esas historias
que aún te quedan por contar.
Mas no habrá cuento sin sueño
y me lo tengo que inventar:

Tú en un barco de neón,
surcando los cielos y el mar,
y nosotros desde abajo,
buscando tu estrella fugaz

Cuando alcemos nuestra mano
no podremos ni rozarte
Pero sé que si te grito,
de algún modo, tú lo oirás.

Y aunque no me escuches, sabes
que aunque las historias terminen,
y aunque los sueños se acaben,
seguirá tu luz alumbrando...


Y jamás se apagará.

viernes, 21 de febrero de 2014

Cosas que todo el mundo sabe ya.

Uno se pasa la vida intentando que las cosas vayan mejor, se esfuerza porque algo salga bien y pone todo su empeño en ello. Y acaba siendo frustrante en muchas ocasiones, porque al final resulta que los cambios vienen solos (lo sé, esto no es ninguna revelación). Evidentemente nada va a cambiar a mejor si te pasas el día sentado en frente de la tele esperando pacientemente a que salga un trabajo de la nada para ti, o a que el amor de tu vida llame a tu puerta bajo la forma de un repartidor de pizzas. Los cambios hay que buscarlos, hay que estar siempre alerta, tanteando y explorando. Pero eso no quiere decir que siempre tengas que focalizar tus esfuerzos en una misión concreta. Todos hemos caído alguna vez en ese error, y el resultado puede llegar a ser catastrófico para el autoestima y para la propia estabilidad mental. Cuando te empecinas en conseguir algo, probablemente estás siendo muy valiente, pero estás tan obcecado en ese asunto que te olvidas del resto de aspectos de tu vida y los subordinas a esa meta particular. Si a esto le añades el hecho de que te has armado de valor para intentar algo que probablemente no va a salir bien (y con esto no quiero parecer partidaria de la negatividad, sino más bien del más puro realismo basado en la probabilidad y en la experiencia propia y ajena), es fácil comprender por qué cuando llega el fracaso acabas hecho una mierda y preguntándote a ti mismo, sin esperanzas de hallar una respuesta (lo cuál es aún más frustrante), qué es lo que has hecho mal, en qué momento has cometido un error de cálculo. Por qué nada te sale bien. Tu vida es una mierda. El universo está en tu contra.

Que no, que no te enteras. Que los cambios vienen solos. Hay que buscarlos, sí, pero tal vez el verdadero problema es que no sabemos buscar. Muchas veces lo entendemos como caminar hacia una situación determinada que nos anote una nueva marca en la lista de records personales. Eso conduce a otra evidencia de que lo estás haciendo mal, y es que si consigues lo que te has propuesto, la satisfacción es efímera y te acabas aburriendo enseguida. Es más, a veces conseguir algo es suficiente para darte cuenta de que ni siquiera lo querías. O que ni siquiera era lo que estabas buscando. Tu búsqueda se había basado en un mero acto de orgullo. Pues vaya. Debería ser mucho más simple que eso. Se trata de buscar tu disfrute en cada momento y de forma global, y no para embarcarte en un proyecto de futuro. Entonces es cuando, de forma completamente inesperada y sorprendente, descubres que estás exactamente donde quieres estar. Y lo que pasará de aquí en adelante no te importa en absoluto.

lunes, 16 de diciembre de 2013

La difícil tarea de quedar como un apolo en una red social.

Esta tarde, entre folio y folio de mis interminables apuntes de pediatría, una amiga me ha pasado el link de una red social nueva. Hazte una cuenta, me ha dicho. Por lo visto molaba. Y como no tenía nada mejor que hacer mientras me merendaba mi Cola-Cao, pues he hecho caso a mi amiga. Pensándolo bien, ya era hora de registrarse en otra red social. Porque uno nunca está registrado en suficientes, y cualquier momento es bueno para seguir dando nuestro nombre y edad a diestro y siniestro, y para perder el tiempo compartiendo nuestros intereses y aficiones con gente a la que probablemente no le interesa un pito. Por qué no?

Una de las cosas más divertidas de las redes sociales es ese punto en el cual tienes que completar tu perfil con información sobre tus gustos y hobbies. Si hay algún momento en el que puedes permitirte inflar tu ego, este es ese momento. No hay nada mejor que sentirte como un profeta mientras elaboras una cuidada selección de tus películas favoritas, tus grupos favoritos, tus libros favoritos, tus series favoritas, tus marcas de papel higiénico favoritas. Pero ojo, que la cosa es más complicada de lo que parece.

Vamos con las películas favoritas. Si tu película preferida es Titanic de todas todas, lo tienes fácil. La pones en el Top 1 y quedas como un rey. Es más, no hace falta que sigas. Eso ya lo dice casi todo sobre ti. El problema viene cuando has visto unas cuantas películas más, cuando muchas de ellas te han gustado, y te duele tener que elegir solo cinco. No es justo. Entonces piensas cómo lidiar con la situación, y ante ti visualizas, más o menos, unas dos opciones:

La primera de ellas, decantarte por las pelis más actuales que hayas visto y que puedas considerar merecedoras de mención. Te dejas muchas fuera, pero siempre podrás actualizarlas. Claro que entonces es posible que el 80% de los visitantes de tu perfil no conozcan muchas de tus elecciones. Pensarán que eres un friki. Que has pasado la barrera de lo underground y has cruzado al terreno de lo antisocial. Que no sales de casa y te dedicas a buscar pelis raras cubierto con una sábana de franela en tu guarida nerd. Mejor no.

Siguiente opción: Poner clásicos que la gente pueda reconocer fácilmente, de esos que verías una y otra vez. Quizás esta sea la mejor elección de cara al público. O no. Porque, veamos qué pasa si plantas Pulp Fiction en tu top. Eres un mainstream. Un hipster. Vas de guay. No tienes personalidad. Te crees especial. Puede ser. Ok. Es maravilloso, porque en realidad lo único que ocurre es que a algunas personas les toca las narices que su peli favorita no sea solo suya. Y es que cuando algo le gusta a demasiada gente, la esencia indie se pierde en el abismo. De ahí los orígenes del término mainstream, esa palabra de la cual todo gafapasta (oh wait, que esa palabra ya no se dice) alternativo huye y reniega, sin darse cuenta de que está sumido en ella hasta las trancas. 

Al final uno no sabe qué hacer. Qué difícil es hacer amigos en Internet, copón. Así que he empezado por las películas, y ahí me he quedado. A tomar por saco, me voy a seguir estudiando diarreas infantiles. Desactivar mi cuenta. 

Siempre nos quedará el Facebook.

Feliz Navidad.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Cuando crees que eres independiente y es mentira.

Nunca he sido demasiado fan de los textos de autoayuda emocional, pero esta mañana he tenido una práctica de Neurofisiología que me ha hecho pensar en cómo nos influye todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Y es que a menudo nos movemos por el mundo pensando que somos personas autosuficientes e independientes, cuando en realidad no somos sino el resultado de todo lo que precisamente no depende de nosotros.
El mecanismo de retroalimentación nos controla continuamente.
¿Retroalimentación? ¿De qué estoy hablando? En sentido científico, se define la retroalimentación o feedback como un proceso que se autorregula por uno de sus productos finales. En un sentido menos estricto y aplicado a lo cotidiano (el que nos interesa en este caso), podemos entender por retroalimentación aquellos estímulos internos o externos que llegan a nuestro sistema nervioso y que regulan una respuesta, direccionándola en un determinado sentido u otro. Nuestra vida diaria está repleta de estímulos de todo tipo, que sin que apenas seamos conscientes de ello, condicionan prácticamente todas nuestras acciones y pensamientos. Esto puede parecer complicado de entender, pero para demostraros lo absurdamente sencillo que es, pongamos un ejemplo del día a día.
Pensemos en una de esas mañanas estelares en las que te despiertas de buen humor y decides ponerte guapo para ir a clase o al trabajo. Y cuando llegas, algún compañero te dice: “qué guapo te veo hoy!”. Y resulta que gracias a esas 5 míseras palabras, te pasas el resto del día paseándote con el ego por las nubes. También puede ocurrir al revés. Puede ocurrir que esa noche hayas dormido mal y te hayas levantado con unas ojeras que te llegan hasta el suelo, y que algún iluminado, sin ninguna intención de fastidiarte el día, haya tenido la ocurrencia de hacer el comentario de “¡Qué mala cara tienes! ¿Estás bien?” Y sí, a lo mejor estabas bien hasta ese momento, pero automáticamente dejas de estarlo, porque empiezas a autosugestionarte y a sobrepensar, hasta el punto de que cuando te miras al espejo dices: ¡Madre mía, he salido de casa con esta cara! ¡Qué horror! Probablemente tu aspecto no sea tan distinto al que tenías en el caso anterior, pero la frase que ha soltado tu compañero ha sido suficiente como para que pases el resto de la mañana mirando al suelo y deseando llegar a tu casa, no vaya a ser que nadie que tenga la mala suerte de ver tu cara ese día piense que te ha dejado tu novio (por poner un ejemplo dramático). Lo cierto es, que probablemente a la gente no le interese demasiado tu vida, es más, es probable que pocas personas hayan tenido tiempo de reparar en tus terribles ojeras, o es probable que te hayan dicho lo guapo que estabas porque les parecía más original que hacer el mítico comentario matutino sobre el tiempo.
Podríamos imaginar otras muchísimas situaciones en las que sucede algo similar, incluso extrapolando a otros ámbitos distintos al de la psicología emocional. Podríamos aplicar este mecanismo hasta para explicar cómo los medios de comunicación consiguen meternos determinadas ideas en la cabeza, llegando a condicionar nuestras ideologías y haciendo que las consideremos como propias cuando en realidad no son más que el fruto de un sutil lavado de cerebro. La cuestión es que, lo queramos o no, estímulos exógenos sumamente insignificantes pueden llegar a determinar completamente nuestro estado de ánimo, nuestras relaciones con las personas, la atención que ponemos al realizar cualquier tarea… En definitiva, todo. Y llegados a este punto, cabría preguntarse si es posible deshacerse de estas influencias externas, si podemos llegar a ser inmunes a los feedback que nos afectan negativamente. Probablemente sea imposible llegar a un nivel total de autocontrol, ya que vivimos en un escenario en el cual la interacción con el ambiente resulta completamente necesaria, pero quizás sí que podríamos filtrar determinados condicionamientos impuestos por lo que nos rodea. Cómo? La clave está en intentar ser plenamente consciente del momento en el cual está ocurriendo el mecanismo de retroalimentación. Una vez identificado el proceso, puede resultar fácil contrarrestar un efecto negativo haciendo surgir a propósito otra idea propia que lo neutralice, o que al menos, nos haga valorar si el estímulo externo tiene realmente el peso que se le otorga como consecuencia de la sociedad en la que vivimos, y si es realmente importante como para permitir que nos condicione. En base a esto, ser realmente independiente debería consistir en realizar un proceso de introspección cada vez que interactuamos con el medio. Entonces… ¿Somos realmente independientes, o es una ilusión y un concepto irreal e inventado en un contexto de impotencia individual frente a un panorama social inevitable?

lunes, 21 de octubre de 2013

Enhorabuena, lo has vuelto a hacer

Cada vez que metes la pata, acabas más convencido de que tu nivel de retraso mental no tiene remedio. Lo has vuelto a hacer, eres un campeón. Pero ya está, no pasa nada, solo hay que aceptarlo para que no duela la próxima vez. Eso es lo que te dices a ti mismo. Y durante un período de tiempo te dedicas a intentarlo, te propones no repetir los mismos errores. Finalmente incluso llegas a creerte tu propia mentira, acabas por pensar que esta vez has madurado de verdad. Hasta que un día, zas. Vuelves a caer, como si hubieras borrado de tu memoria qué fue aquello que hiciste mal la vez anterior.
Tropezar una y otra vez con la misma piedra, esa es la clave de la estupidez humana.
Es como si el mismo error te persiguiera continuamente, haciéndote un guiño sarcástico a su paso. Al final, acabas llegando a la conclusión de que nunca podrás cambiar para ser la persona que quieres ser, porque si tienes una tara la tendrás siempre y solo podrás esconderla o maquillarla eventualmente. Vives sabiendo que volverás a arrepentirte inevitablemente. Da un poco de miedo.